12 de junio de 2008

Oxford

Pues dos años después, vuelvo. Vuelvo a ese sitio que podéis observar en la foto. Vuelvo a trabajar en el William Miller de Oxford. Llegar vestido de blanco y negro, con zapatos, medio adormilado a las ocho y media de la mañana. Abrir la puerta, entrar en la cocina, encender el horno, calentar los croissants, preparar los cereales, las jarras de leche, las teteras, las cafeteras, las bandejas de embutidos, los zumos, las mesas en perfecto orden y simetría y reir con gesto risueño las bromas de mis compañeras de trabajo, polacas ellas, despierta en mí ese sentimiento de añoranza y morriña por uno de los mejores veranos de mi vida, si no el mejor. El 25 de junio, vuelvo a volar. El 25 de junio vuelvo a la caza de grandes momentos, nuevas amistades y viejas sensaciones.

Como ya he dicho, han pasado dos años, pero todavía puedo creer que fue ayer cuando hacía las camas del hotel con Iratxe, la única vasca que formaba parte del staff, todavía puedo ver con total claridad como aspirábamos esas malditas moquetas que cubrían todo el suelo interior de cada uno de los cuartos del hotel (a excepción, menos mal, de los baños). Recogíamos la ropa sucia, las toallas, la comida traída expresamente desde japón por estudiantes nipones que se hospedaban allí durante periodos de dos o tres semanas y les dejábamos las habitaciones como los chorros. He de puntualizar aquí que las que ocupaban los chinos y japonese a penas había que tocarlas. Son pulcros a más no poder.

Volveré, pues, a esa jornada que terminaba cerca de la una de la tarde, con cuatro días laborales y dos libres de manera continua, así hasta finales de septiembre. Tres meses y un día de trabajo ligero, siestas reponedoras como nunca en mi vida me había echado, paseos por los inmensos y frescos parques de las universidades y pintas acodados en la barra de algún pub histórico de la urbe, como aquél, The Turf Tavern, que reza en una de sus paredes algo así como "Here, Bill Clinton smoke his first joint. What he did in his student room is not our bussiness". Y así, además de saliendo por las noches día sí, día también, pasará otra vez ante mis ojos un ciclo más de mi vida. Es un ciclo que ansío con muchas ganas, como pocas cosas he deseado en mi vida que no sea el cuerpo de una mujer o el sentimiento de amor y amistad por mi familia y mis amigos. Ha sido una etapa que me ha marcado tanto que deseo volver a revivirla a sabiendas que ya nada será igual. Y no deseo que sea igual. El simple hecho de rememorar aquellos días ya lejanos me llega, me basta y me sobra. Sobre ese pasado escribiré nuevas líneas y nuevos episodios que sumar a un lugar y a un momento que siempre llevaré grabado a fuego en mi memoria.

Lo dicho, dentro de un par de semanas me marcho y estaré tres meses lejos de todo esto, incluido este blog, que no forma parte del mundo al que voy a regresar una vez más. Por eso quería agregar una muesca más a mi rifle virtual deseándoos lo mejor durante mi ausencia, para despedirme y daros un fuerte abrazo. Y como no, a los pocos y escasos visitantes y colaboradores de este espacio que tanto me ayudan a expresarme de una u otra forma, daros las gracias. Cada comentario y cada palabra son un soplo de vida.

Nos vemos.

21 de mayo de 2008

Nubes y puzzles

Some say the end is near,
some say we'll see armageddon soon,
I certainly hope we will,
I surely could use a vacation from this...

[Tampoco es necesario dramatizarlo tanto, ¿no es cierto, Maynard?]

Deja que te diga una cosa. Cuando era pequeño, me gustaba jugar a que las nubes tenían formas reconocibles. Veía de todo: algodón de azúcar, ballenas, elefantes, frascos de Prozac, tortugas, papelinas de coca, estrellas de Sheriff, setas, hongos...

Estar tumbado en la hierba con ese propósito, ser parte de la tierra y del cielo al mismo tiempo... era una sensación maravillosa. Tener consciencia de que los verdes lazos de la hierba crecen imparables a cada lado de tu cabeza y señalan a un firmamento teñido de azul y blanco; tener consciencia de aquello era darme cuenta de que nunca podría sentirme más vivo.

Esos momentos de lucidez también los solía emplear para imaginarme como ocurriría, como sería ese armageddon que algunos pronostican. Yo estaría, casualmente, tendido en medio de un prado infinito. Desde allí tendría una vista privilegiada de la ciudad en toda su extensión.

Poco a poco el cielo se tornaría rojo, luego violeta, luego cambiaría hacia un color verde caqui, pasando también por el negro y el amarillo... Aprovecharía para modificar mi viejo juego de la infancia. ¿De qué color se bañaría el firmamento en esta ocasión? Vuelvo a probar con el rojo. ¡Sí, he acertado! Sólo por eso me creería merecedor de un premio. Cojo el móvil y marco un número al azar. Suenan uno, dos, tres, cuatro tonos, hasta que al final alguien responde, "@#&%%@, ¿dígame?". "Feliz principio del fin. Quisiera encargar una pizza familiar con anchoas, bacon, atún, extra de queso y peperoni. Que la masa sea extra fina, por favor..." Se escucha su respuesta, "Eh... lo siento, esto es una funeraria." Sin mucha sorpresa respondo, "¡Ah!, eso es ideal. Mire, vengan a buscarme dentro de una hora aquí, a las afueras de la ciudad. Si les gusta la carne poco hecha no se retrasen mucho, ¿vale? Y, por cierto, no tengo libro de reclamaciones. Bueno, no le entretengo más, que hoy será un día muy ajetreado para su empresa, puede estar seguro. Nos vemos. Hasta luego."

Volviendo al interesante panorama que se presenta, recuperaría una vez más mi añorado juego. Ahora intentaría dilucidar las formas y el destino de los meteoritos que comienzan a atravesar la atmósfera envueltos en llamas, "Ese tiene forma de símbolo del dólar, seguro que cae en Wall Street. ¡Oh!, aquel parece un lacito, seguro que George W. Bush lo coje al vuelo. Con lo que le gustan se va a poner de un contento... Sólo espero que le sople antes de metérselo en la boca, tiene que estar tan caliente.

Me siento feliz. Por una vez en la vida todos nos vamos a ver igualados ante la muerte. Mi estado, endorfinas en aumento, se ve potenciado por una forma que diviso en el cielo. Es un meteorito con la apariencia de un dardo. Me encantan los dardos, la puntería, la abstracción momentánea de cuanto te rodea, la concentración y el tener un único objetivo en mente. No soy el que ha efectuado su lanzamiento pero envidio la puntería endiablada que lo guía. El planeta parece haberse transformado en una diana gigantesca a la que miles de jugadores lanzan sus tres reglamentarios dardos sumidos en la más pura concentración de la que pueden hacer gala...

Y la tierra se abre en dos ante mi, se traga la ciudad entera y me deja al borde del abismo. Las montañas crujen y se parten, un lado deslizándose sobre el otro hacia el fondo de la tierra. Los volcanes entran en erupción y tsunamis se alzan en elos océanos, inundando las costas, ahogando la tierra...

Todo se reduce, en términos concluyentes, a la destrucción. Este es el arte más efímero que existe. No puedo imaginarme nada más bello y trágico que deshacer, poseído por una ciega locura, un puzzle de tres mil piezas en el momento exacto en el que descubres que sólo te falta una mísera pieza para completar el rompecabezas... para alcanzar la perfección.

Es tan sencillo como eso: a veces es necesario destruir para volver a crear.

Es entonces cuando te despiertas y descubres que todo ha sido un sueño y que no existe armaggedon alguno, y que la pieza que te faltaba estaba en tu propia mano. Pero ya es demasiado tarde.

18 de mayo de 2008

Kiddo

Kiddo intuía la llegada del Deshielo en la lejanía, oculta tras glaciares que apuraban su descomposición a cada día que pasaba. Partía nueces con las manos y las devoraba con gesto risueño, acomodado en el verde regazo de aquella loma que se asomaba a un vasto lago de aguas cristalinas, flanqueado por enormes acantilados de hielo. No sabía muy bien por qué, pero sonreía al cielo, al aire puro y al sol, allá en lo alto.

Jugó con las cáscaras de nuez un rato, las dejó caer sobre el agua del lago y las observó concentrado mientras se mecían sobre la superficie, guiadas por el viento primaveral. Las cáscaras oscilaban con violencia, pero no se hundían. Y así, náufragas, a la deriva y sin nadie que manejase su timón fueron acercándose poco a poco a la gigantesca pared de color azul blanquecino que se elevaba colosalmente ante su frágil composición.

Kiddo torció el gesto en una mueca de preocupación cuando escuchó un sonido seco y rasgado. El hielo se resquebrajaba y amenazaba el rumbo y la condición de las improvisadas barcazas. Una nube de polvo de hielo surgió de una enorme grieta que se fue ensanchando ante los ojos de Kiddo, a cámara lenta. Una inesperada ráfaga de viento contribuyó a que las cáscaras se anticipasen un poco más hacia su trágico destino. Y entonces el hielo tronó, como sacudido por una explosión, y se abrió por completo en dos y se precipitó al vacío. Cincuenta metros más abajo impactó con las naves, abocadas a su inevitable encuentro.

Tras el incidente, una enorme ola se elevó y caminó en dirección a la orilla donde se encontraba Kiddo. Estalló y una miríada de gotas se alzó y bañó su pecoso rostro. Se irguió y se pasó la mano por las mejillas, secándoselas. Se sentía incómoda. La extraña sensación de que si llega a dejar que aquellas gotas se secasen en su piel la convertirían en un témpano de hielo la atenazó y se apoderó de ella. Volvió a secarse la piel, esta vez con la manga de su camisa blanca. Echó a correr loma abajo, alejándose de aquel lugar. Su respiración era entrecortada y el esfuerzo de la carrera le provocaba calambres en las piernas. Poco a poco fue deteniéndose, sintiendo que los brazos le pesaban. Sintió que se le helaba la sangre y que el aliento salía gélido, hiriéndole la garganta y los pulmones a cada bocanada de aire que inspiraba. Cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto de dolor agudo, que punzada a punzada le arrebataba la vida. Dejándose caer sobre las rodillas, se sentó e inclinó la cabeza, tocando el pecho con el mentón.

En aquel momento su rostro se tornó más bello que nunca, de un blanco pálido impoluto, las pecas resaltando como un punto y final sobre un folio en blanco. Sus labios se amorataron y entreabiertos dejaron escapar un leve murmullo... "Ayúdame"

Con los ojos cerrados y el pelo lacio y azabache sobre su rostro, Kiddo exhaló su última brizna de vida...

24 de abril de 2008

Territoire Foncé

- Está muy oscuro.

- No te preocupes, encontraremos la salida.

- Mamá se va a preocupar, ya es muy tarde.

- Mamá siempre se preocupa, igual que papá. Y yo también me preocupo. Pero no estás sólo, así que no tienes nada que temer. La oscuridad no es un peligro. Lo único que puede hacerte daño, aquí y ahora, es tu propio miedo. Procura dominarlo.

- Tienes razón, nadie nos ha hecho daño... de momento.

- ¿Recuerdas el día que me perdí en aquel campo de maíz, al caer la noche, mientras jugábamos al escondite con los chicos de la aldea?

El hermano pequeño hizo una pausa para poner en orden su mente. Lo recordaba. Era un recuerdo bastante reciente, por lo que pronto se perdió en ensoñaciones, atrapando hasta el más pequeño detalle, la escena más anodina que para él resultaba hilarante, o el comentario más desternillante de alguno de sus amigos. Mientras, su hermano continuaba hablando.

- Ese fue el día que más miedo pasé en toda mi vida. Se me ocurrió la feliz idea de correr hacia aquel enorme y vasto maizal para esconderme. Hacía calor, vaya si lo hacía. Me eché en el suelo mirando hacia el cielo. La suave brisa del atardecer y las nubes yendo y viniendo lentamente en el firmamento hicieron el resto. Me invadió el sopor y me rendí al sueño. Al despertarme era de noche. Creo que estuve allí cerca de dos horas. Por entonces sólo acertaba a oir el ruido de las hojas de las mazorcas de maiz rozar unas con otras mecidas por el viento, el ulular de las aves nocturnas y el correteo de algún roedor. Y fue justo entonces, mientras yo permanecía en silencio atento a todo cuanto podían percibir mis oídos, cuando aquello se acercó hacia mí. Te juro que lo sentí llegar y clavarse en lo más hondo de mi ser. Era el miedo. Sólo duró un minuto, pero fue la experiencia más angustiosa de mi vida.

- No recuerdo haberte visto afectado cuando saliste a la carretera y te encontramos.

- Por supuesto que no. ¿Y sabes por qué?

- No.

- Porque dominé la situación, respiré hondo y me orienté. Comencé a caminar y salí a la carretera.

- ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo te orientaste? ¿Cómo encontraste el camino?

- Yo no lo encontré. Él me encontró a mí.

- No lo entiendo...

- Algún día lo harás. Cuando menos te lo esperes te hayarás en una encruzijada, con miles de caminos a seguir, hacia todos los lados, hacia atrás, hacia adelante... Podrás volver sobre tus pasos por el mismo sendero que te llevó hasta allí, si quieres. Pero tendrás que caminar. Y a veces simplemente te mueves sin rumbo fijo y es el camino quien te guía. Pero ten por seguro que algún día lo entenderás.

- Espero que el miedo no me domine en ese momento, ¿no es ahí a dónde quieres llegar?

- Exacto. Es como ahora. Sin miedo, y si te esfuerzas, puedes encontrar el camino de vuelta casi sin proponértelo. Sin embargo, cuanto más miedo tengas , más enrevesado se tornará el más recto de los caminos, más altos se alzarán los muros a la vuelta de cada esquina. No dejes que el infinito más extenso y clarividente se convierta en un gran laberinto por culpa de tu miedo.

Los dos hermanos continuaron hablando, caminando sin rumbo fijo pero más tranquilos. Seguían a oscuras, el hermano mayor delante y el pequeño agarrado a la mano de su protector. Se guiaban despacio, posando las manos en las paredes, siguiendo los caprichosos giros del camino que antes ellos se ocultaba. Tan distraídos estaban hablando entre ellos que no se percataron de que una tenue luz brumosa se hacía paulatinamente más brillante a lo lejos. Esta partía del margen derecho del camino y se proyectaba en un diminuto cuadrado en la pared de la izquierda; una pared fría, gris y desnuda. Desde un punto fijo se podían escuchar los pasos acercarse, fuertes y seguros los del hermano mayor y débiles los del hermano pequeño, que casi arrastraba los pies, haciendo crujir la gravilla del suelo. El sonido iba elevándose según caminaban, sin cambiar el ritmo, regular el paso. Al momento éste volvió a disminuir, según se iban alejando, riendo y recordando historias de otras épocas, risas apagadas y murmullos incomprensibles.

Aquel pequeño cuadrado de luz se convirtió en un gran rectángulo, cegador a la vista acostumbrada a la oscuridad. La luz continuaba siendo brumosa, velada por una capa de niebla que provenía del exterior. Sin embargo, con paso firme, los dos hermanos se dirigían hacia allí sin sorprenderse, sin inmutarse.

¿Qué pasa cuando la salida te encuentra a ti y tú no eres el que la encuentra? Recordad el 'Mito de la caverna' de Platón. Estarás tan acostumbrado a la oscuridad y a las sombras proyectadas por las llamas de las antorchas que cuando salgas al exterior la luz cegadora del sol te impedirá ver la realidad; y más difícil te será comprenderla. Sin embargo, con ayuda y apoyo serás capaz de guiarte mejor que en la oscuridad. Así, los dos hermanos salieron como habían entrado en aquel territorio oscuro y avasallador, sin proponérselo, pero ayudándose mutuamente. El uno se valía del temor del otro para sentirse la persona que debería emanar confianza y tranquilidad. El otro se valía de la confianza del uno para no tropezar, para no quedarse atrás en el camino y perderse en las tinieblas, para crecerse ante la adversidad y sentirse capaz de todo.

En el camino que traza nuestra caprichosa vida nunca debemos estar en soledad, porque la noche más iluminada se nos anotojará el infierno más oscuro.

17 de abril de 2008

Oasis de papel

A veces la realidad te estalla en la cara mientras lees un libro. Puede ser Thomas Pynchon, Henry Miller o Arturo Pérez-Reverte. Sea de quien sea, siempre vas a encontrarte reflejado en alguna página mohosa y amarillenta de un libro que estaba mal aparcado en tu estantería desde hace más de veinte añazos, lleno de polvo y tristeza. Entonces te paras a reflexionar un momento, dejando a un lado lo que estuvieras leyendo. El marcapáginas no se te puede olvidar. Es más, un post-it te vendría de perlas. Una reseña a lápiz en uno de los márgenes también serviría, pero el papelito de colores chillones es más moderno y visible. El caso es que ahora te encuentras en ese momento, mágico y maravilloso, en el que dices: '¡Esto me ha pasado a mí!, podría haberlo escrito yo sin ningún problema.' Pues a qué esperas.

Así me he sentido en numerosas ocasiones, desde que de zagal ojeaba y devoraba con avidez tomos y tomos de Súper Humor, de Astérix y Obélix o de Zipi y Zape hasta la actualidad, cuando con la calma y la serenidad que otorgan los años saboreo lentamente y con parsimonia hojas y hojas de Patrick O'Brian, con Jack Aubrey y Stephen Maturin a bordo del Sophie, o mientras me pierdo absorto y mecido por la fuerza y la pasión de las obras de teatro de Tenesse Williams. El caso es leer y verse reflejado aunque sea en el más mínimo detalle. Y aunque a veces abandono por un cierto periodo de tiempo este deber, este placer y este vicio hedonista y educativo a partes iguales, siempre regreso, siempre vuelvo a caer en sus redes de papel, de negro sobre blanco. De vida y realidad...
Y es que siempre he creido que un escritor es una persona con mucha imaginación, o con mucha carretera a la espalda. Los unos suplen la carencia de vicisitudes y eventos relevantes en sus vidas tristes y abúlicas con dosis lisérgicas de imaginación, aderezada o no con hierbas, setas o polvos mágicos. Los otros tienen la base necesaria para, con un poco o un mucho de mano derecha (o izquierda si eres zurdo), y un puñado de inventiva, crear o recrear su propio mundo literario. Lo que está claro es que sin haber leido y vivido, no puedes ni debes dejar nada escrito.

En mi caso hago lo que puedo. Mi uso de este espacio, lo sé, brilla por su ausencia. Pero, ¿es porque no tengo nada sobre lo que escribir o es porque estoy dejándome la piel viviendo todo aquello que en un futuro no muy lejano me gustaría gritar a los cuatro vientos? Que cada uno saque sus conclusiones.

Por el momento sólo puedo decir que cada vez que abro un libro y vuelvo a sumergirme en mundos ajenos, mi pasión por escribir asciende. En esos momentos pienso en términos de una persona sedienta que encuentra un pozo, que esperanzado coge ese cubo de metal, frío al tacto, lo deja caer atado a una cuerda que acciona una polea, escucha el 'chof' cuando entra en contacto con el agua, espera unos segundos hasta que la cuerda esté tirante y entonces tira de ella con frenesí y esperanza. El cubo llega rebosante de agua, fresca y transparente. La persona en cuestión recoge el recipiente con nerviosismo, dejando caer un poco al suelo. Entonces posa sus labios en el borde y lo eleva, bebe y el agua le rebosa los labios, se desliza por las mejillas, baja por el cuello y lo llena de vida, de otra vida...

Espero que mi oasis literario particular encuentre su particular lector errante por desiertos de realidad todavía por descubrir. Espero que de beber de mi agua, pare un momento a reflexionar y se diga: 'Nunca el agua había tenido tanto sabor'.

22 de diciembre de 2007

El día de cualquiera


En unas horas, la felicidad, de la mano del azar, llamará a las puertas de decenas y decenas de españoles. Algunos escucharán golpes sonoros, fuertes y urgentes. Otros escucharán un golpeteo suave y poco más que cotidiano, de esos que únicamente elevan un poco más de lo normal esa curiosidad que sentimos por saber quien requiere nuestra presencia. Todo dependerá de cuan 'gordo' sea ese sentimiento de felicidad. Todo dependerá del Sorteo de Navidad.

Lo veamos en directo o en diferido, lo vivamos en persona o no, lo escuchemos por la radio o lo leamos en los periódicos o en internet, el caso es que todos desayunaremos con el tema en cuestión haciéndose migajas mientras partimos galletas sobre la taza, empapándose de líquido mientras mojamos el croissant en el café (o en el cola-cao), destilando e irradiando interés y envidia a partes iguales mientras nuestros ojos devoran la pantalla del televisor. Así, de buena mañana.

Un extenso despliegue informativo por parte de los medios de comunicación abarcará con una amplia cobertura todo el territorio peninsular, las islas, Ceuta y Melilla, en pos de los afortunados. Y todo ello para mantenernos al tanto de quienes son esos desconocidos agraciados, de donde son, en qué administración adquirieron el décimo de Pandora y en qué tienen pensado gastarse el parné.

Los ciudadanos de a pie, radiantes de felicidad y ya bañados en cava, pueden adoptar dos actitudes totalmente opuestas ante la presencia de los medios: Una sería la del que se jacta de su buena suerte. Su posible respuesta ante estas incógnitas, duda existencial cuya resolución supone una clarificación, al parecer, de todas nuestras elucubraciones al respecto, sería algo así como 'Pues mire usted, me llamo Fulgencio, compré este décimo del nº **.*** en la Administración Pública nº *.*** de la Flor en el Culo y tengo pensado comprarme un casoplón, un coche, un tractor cosechero nuevo y un horno, de los que anuncia el gracioso este del Arguiñano, de esos con pirólisis... ¡Ah!, y en putas también tengo pensado invertir algo, pero no se lo diga a mi mujer que me da con el arado, ¿eh? ¡Oiga!, ¿y cuándo sale esto en la tele?'

Sin embargo, el celo y la prudencia son las actitudes más socorridas en momentos así, para decepción de los medios de comunicación, muy amigos ellos de noticias morbosas y extravagantes. En este caso (mi preferido), el paisano de turno suele contestar tal que así 'Pues mira, no creo que vaya a cambiarme la vida; taparé algunos agujeros y poco más'.

Mientras se suceden los minutos y las horas de esta mañana tan señalada, comentaremos en familia o con los amigotes que, bueno, no saldremos de pobres, pero por lo menos tenemos buena salud. Y que Dios nos la conserve. No nos habrá tocado ni la pedrea pero tampoco vivimos debajo de un puente, ¿no? Esos cabroncetes sí que han tenido suerte. Joder, lo que haría yo con tanta pasta, mi madriña querida. Pero oye, una cosa te digo, lo único que no les voy a envidiar es la brasa que les van a dar los señores del dinero. Esos banqueros, ¡si serán vampiros! Unos tanto y otros...

Así la cosas, poco a poco volveremos a la normalidad. Nuestros sueños de grandeza quedarán aparcados jnto al árbol de Navidad, por si dentro de unos días los Reyes Magos traen algo más que carbón. Ya sabéis, aún queda el Sorteo del Niño. Y si para entonces tampoco hay suerte pues no pasaría nada; se guarda la ilusión junto con los adornos navideños en el trastero, todo bien empaquetado en sus cajas marcadas con la palabra 'Frágil' en letras grandes, escritas con rotulador negro, grande y permanente, y ya lo desempolvaremos de aquí a once meses vista, cuando se vuelva a abrir la veda del amor, del espíritu navideño y del afán consumista más exacerbado. Dinero llama a dinero, dicen.

Todo habrá quedado atrás, y para entonces, los agraciados de este 22 de diciembre del año 2007 que recibieron la visita de El Gordo, pronto añorarán esta fecha. El dinero se habrá evaporado y, sin duda alguna, todos ellos (los que se jactaban de su buena suerte más que ningún otro) volverán al rebaño de los mortales cual ovejas, para engrosar así las filas de los humildes ciudadanos que buscan sus quince minutitos de fama, que quieren dejar de desayunar viendo al resto del personal ser efímeramente felices, para poder, aunque sólo sea por un día, brindar con cava por la Diosa Fortuna, agradeciéndole que les haya dedicado una ligera y vaga sonrisa.

Para entonces, dentro de esos 365 días que pasarán en un suspiro, todos volveremos a oir con envidia eso de 'Será sólo para tapar algunos agujeros' ¡Benditos agujeros!, ¿qué haríamos sin ellos?

20 de noviembre de 2007

303



303: Este es el número de la habitación del Hospital Arquitecto Marcide en la que está ingresado mi abuelo. Tiene 89 años. El día 24 de Diciembre cumpliría los 90, una cifra redonda. No utilizo el optimista 'cumplirá' porque en este caso no queda margen para la esperanza ni para los milagros, sólo para la triste realidad. De hecho, todos nosotros deseamos que su agonía se prolongue lo menos posible. Él se merece una muerte digna, y eso es algo que se le está escapando de las manos a cada segundo que se prolonga su existencia.

Su nombre es Jesús Esteban Varela Frade. Como muchos otros y otras de su generación vivió y padeció una guerra. Creció al abrigo de trincheras, entre el ruido de morteros, aviones, bombardeos y artillería. Vio morir a amigos y compañeros, de esos que sólo se encuentran en situaciones límite, donde es tu vida o la de otro y donde una bala perdida encuentra tu corazón y se hospeda allí para no abandonarte nunca jamás. Jesús se trajo unas cuantas consigo. Hoy día estoy seguro de que todavía siente punzadas de dolor donde quiera que estén alojadas. Jesús no piensa en términos médicos. Su cuerpo entiende de tumores de quince centímetros, de cáncer y de metástasis, pero en el dolor que siente en su alma todavía reverbera el sonido de una matanza entre hermanos. Aparte de eso, ese mismo dolor también radica en lo que deja atrás: mujer, hijos, nietos y familia política...

Fue un hombre recto, sereno, original, entrañable (no como todo abuelo que nos encontramos, sino de una forma mucho más profunda), simpático, bromista y maniático a veces. De pequeño yo ansiaba más que los regalos de navidad el día de acabar el curso escolar e irme a pasar un par de semanas a Ferrol, junto a Jesús y María del Pilar, su mujer y mi adorada abuela. Durante el tiempo que allí pasaba parte de mis vacaciones estivales, me encontraba entre los niños más dichosos del planeta. Dormía con mis abuelos, en una cama abatible que se guardaba en un gran mueble de madera. Yo siempre era el primero en acostarme, una de las pocas desventajas de ser pequeño. Pasaba el rato buscando el sueño perdido en las páginas de un Super Humor, leyendo y riéndome con las aventuras de Mortadelo y Filemón. Mi abuelo era el siguiente en acostarse. Su rutina era siempre la misma. La recuerdo paso por paso, con gran cariño y añoranza. Ya acostados los dos, dejaba el libro en una mesita y charlaba con él. Las historias que me contaba, los chascarrillos, las coplas, pareados y canciones que escuchaba en aquella habitación harían las delicias de cualquier niño. Pero sólo mi hermano, mi primo y yo eramos los afortunados. Guardamos celosamente todos aquellos recuerdos. No creemos merecedores a nadie más de tan valioso tesoro. Quizás llegue el día en el que romperemos nuestro silencio para escribir con tinta dorada la infancia de otra generación. Seguramente esa será la de mis nietos, también la de los nietos de mi primo y de mi hermano. Todo ellos es cosa de abuelos y nietos. De nadie más.

Por las mañanas me despertaba con el inolvidable aroma que embargaba la casa de mis abuelos cada madrugada. Leche templada, eco, manzanilla, aire condensado en el cuarto de baño, champú y jabón, voces que se destilaban del televisor, conversaciones cariñosas entre Jesús y Pilar... felicidad. Desayunaba, veía los dibujos animados mientras mi abuelo me chinchaba y me decía de forma grave que tenía que irme a la ducha a la voz de ya. Yo no osaba rechistarle. El cuarto de baño era otra aventura. Llenaba mi abuela una tina de color amarillo pálido con agua caliente y jabón (ese jabón de olor exquisito). Era ella quien me frotaba con la esponja y quien me lavaba el pelo. Con los años, el pudor y la pubertad me endilgó esa tarea. Luego, una jarra grande de plástico llena de agua caliente se vertía sobre mí. Cerraba los ojos y escuchaba el sonido y la sensación de limpieza y pureza que sólo un niño puede sentir a esas edades y en casa de sus abuelos. Mi abuela me sonreía, me tendía una toalla y me decía: "Venga, que ya se te están arrugando los dedos de las manos". Me secaba, me vestía y volvía a junto de mi abuelo, que sentado en el sofá, liaba un cigarrillo con gran destreza, parsimonia y profesionalidad. A veces jugabamos a las cartas o a los dados. Las más, íbamos a dar una vuelta que terminaba en la Plaza de Sevilla, donde columpios, toboganes y balones me entretenían lo indecible. Mi abuelo, celoso de mi seguridad, no me quitaba ojo de encima, manteniendo la distancia, sin resultar sobreprotector. Como un buen abuelo sabe cuidar a su nieto.

Las comidas eran opulentas, siempre dirigidas a satisfacer los gustos, endulzados o salados, de la criatura. Ya se sabe, patatas fritas y filetes de pollo nunca faltaban. Los postres también tenían su enjundia. Mi abuela era la gran artífice de mi dulce barriguita de jovenzuelo mimado. Y mi abuelo, el gran beneficiado de mi estancia en su casa. Por norma general, y su rostro durante las comidas de verano así lo corroboraba, él no disfrutaba de semejante dieta el resto del año. Los nietos son todo ventajas, tanto para el corazón y los sentimientos como para el paladar. Y ya a la tarde, el paseo a la débil luz del ocaso era imperdonable. El chocolate con churros, capricho del cativo de turno, tampoco tenía excusa. La cena acababa una jornada que sólo dejaba una sensación de dulce cansancio y serenidad, segunda paternidad para ellos e infancia eterna para mí.

Sin embargo, los años pasan. Las madurez llega, y con ella las responsabilidades. Dieciocho años y se cruza una línea visible en tu corazón que arranca de tu vida la marcha atrás. Ganas algunas cosas y pierdes otras. El balance es negativo, pero no tanto. Una de las cosas negativas obtenidas es la consciencia de que todo se acaba de una forma literal. Metaforicamente seguiré siendo aquel crío de ocho años que disfruta eternamente de su niñez y de sus abuelos. Una cosa positiva que equilibra la balanza es la consciencia de que todo lo vivido por entonces no ha sido un sueño. Ha sido real; real como el cariño que profesaban y profesan todavía por ti tus abuelos, incluso a las puertas de la muerte. El amor de los abuelos es imperecedero. Y también es recíproco.

El cariño que incoscientemente recibía de pequeño, y de no tan pequeño, por parte de mis abuelos, ha sido devuelto siendo ya adulto. El amor incondicional que sentían ellos por mí lo sigo sintiendo yo por ellos y lo mantendré con vida cuando ya no estén conmigo. La primera prueba de fuego está a punto de comenzar, y sé que la cumpliré con gusto y cum laude.

89 años son muchos años. Sin embargo, los que he vivido a tu lado siempre han estado marcados por un amor incondicional. Y, aún sabiéndo que así será, sólo me resta desear una cosa... allá donde vayas, y estés donde estés, quiero que sientas en lo más profundo de tu corazón, aliviando el dolor de aquellas balas perdidas, que aún te sigo queriendo.